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jueves, 3 de noviembre de 2022

Presentación del libro: El movimiento que transfromó la Facultad de Arquitectura, CRA.

 


 En este trabajo se revisan diversos momentos relacionados con el movimiento de transformación para la Reestructuración de Arquitectura conocido como CRA.  Se hace un breve recorrido histórico que comienza con la fundación de la carrera, sigue con una descripción de lo sucedido en los primeros años y de los hechos que favorecieron el surgimiento del movimiento. Se evalúan criterios, postulados y acciones que favorecieron la reestructura, se analiza la etapa de institucionalización del proceso y, finalmente, se revisan las condiciones que llevaron a la caída del modelo.

Toda la información está debidamente documentada por Actas, reportes históricos, documentos y periódicos.

Para triangular y completar la investigación se entrevistó a varios de los principales actores y se acudió a fuentes secundarias para obtener las visiones de personajes ya fallecidos.  

En general se reconocen los esfuerzos que unos y otros hicieron para el desarrollo de la enseñanza de la arquitectura. Pero también se descubren detalles poco conocidos y se aclaran rumores que han permanecido en el imaginario de nuestra facultad.

Para llegar a buen término se tuvo el apoyo de muchas personas, entre ellas personal del Archivo General de la Universidad y de la Facultad, de los entrevistados, que mostraron diversas posturas y enriquecieron el documento con sus opiniones, memorias y comentarios, de quienes aportaron fotografías e imágenes, los que identificaron los nombres en esas imágenes, quienes nos hicieron el honor de presentar y prologar el libro, los que apoyaron en la revisión, diagramación, presentación,  divulgación y montaje de este evento. A la Embajada de México y a todas las personas que contribuyeron, de una u otra manera a esta publicación, mi eterno agradecimiento.

Les comparto que tuve hallazgos que cambiaron mis percepciones iniciales. Sin duda, algunos de los resultados generarán polémica, por lo que traté de que la información fuera lo más objetiva posible e incluir todas las citas y fuentes utilizadas.  En fin, son los hechos documentados los que definen la columna central de esta historia.

A continuación, procederé a hacer la presentación del contenido. Hago la acotación de que es una breve síntesis con algunas reflexiones que están desarrolladas de manera más completa en el libro. Iniciamos.

El triunfo de la revolución cubana influyó en una serie de cambios de los movimientos sociales y estudiantiles en Latinoamérica. Se fueron afianzando las posiciones de la izquierda democrática y también fortaleciendo los movimientos armados que buscaban un cambio en las estructuras de poder, que tuvieron como respuesta, violentas reacciones de los gobiernos conservadores. 

La dinámica de transformación política a lo interno de las universidades comenzó a fortalecerse en los años 60.  Gradualmente se ampliaba la participación estudiantil en los movimientos sociales y, la actitud crítica y contestataria hacia el statu quo, se hizo más enérgica. 

Brotaría una lucha ideológica que, durante los años 60 y 70, favorecería los pensamientos de izquierda robustecidos con los fines de la Carolingia.  Una serie de sucesos irían creando condiciones y vigorizando la participación estudiantil en los procesos político-sociales que derivarían en la redefinición de la orientación académica universitaria.

Durante los primeros años en la Facultad había prevalecido el concepto de una enseñanza tradicional marcada por la visión academista sobre la base de los criterios y experiencia de los profesores.  El pensamiento crítico y las actitudes hacia la realidad social que vivía el país no era un referente que se priorizara y mucho menos, se estimulara.

Lo que se consideraba determinante era formar arquitectos que, de acuerdo con las experiencias de los profesores de entonces, pudieran insertarse en el escenario profesional que, en ese momento, demandaba una carrera orientada al servicio de las élites.

Desde los años sesenta los estudiantes comenzaron a cuestionar esa visión. Eran años de rebeldía que fueron promoviendo, poco a poco, cambios en la visión de la educación superior pública que hicieron desencajar el concepto elitista de la profesión y comenzó a plantearse otra arquitectura que fuera más orientada hacia las necesidades sociales.

Para inicio de los 70 los estudiantes serían los nuevos protagonistas y tomarían la iniciativa de impulsar la reestructura académica. Poco a poco, los directivos de la Escuela irían perdiendo el control y observarían cómo, un proyecto por el cual habían trabajado desde los años cincuenta, se escurría entre propuestas y acciones, fuera de su dominio.

El CRA se insertó como un designio revolucionario y se convirtió en un símbolo que posicionó la participación de los estudiantes en las directrices de su propio desarrollo académico. Brotaría de sólidos planteamientos ideológicos coherentes con los movimientos sociales de la época y de una visión política, que se fue afianzando para su aprobación e implementación.

La poca disposición de las autoridades para hacer cambios al paradigma fundacional, la posición de mantener criterios académicos tradicionales y la indisposición para afrontar de manera participativa la problemática académica, terminarían pasando la factura. 

Desdeñaron las señales que se estaban emitiendo, no previeron las transformaciones que se acercaban, ni asimilaron las variaciones que se estaban teniendo al interior de la universidad. No se percataron del riesgo, ni escucharon el eco de los tambores de cambio que, tarde o temprano, harían insostenible el rígido modelo académico administrativo implementado en la joven facultad. 

Para entonces, los cuatro puntos cardinales mostraban los negros nubarrones que se acercaban. De manera inoportuna, desafiaron el turbulento clima con una desafortunada propuesta de normas de evaluación. Esto fue aprovechado para destapar el torbellino y se inició una tempestad que haría tronar los cimientos de la estructura académico-administrativa.

La represa se fue llenando de argumentos y estrategias que favorecieron el fortalecimiento de la organización estudiantil y la construcción de vínculos con algunos actores de los movimientos sociales que, sumado a la llegada de un nuevo rector con pensamiento afín, favorecerían las posturas del sector reaccionario.

En algún momento llegó a pensarse que se había superado la inicial resistencia y alcanzado acuerdos razonables entre los sectores que participaron en la inauguración del CRA.

Pero el proceso fue tomando cauces ideológicos y esto comenzó a inquietar a algunos de los actores.

El Decano no sería partidario de la reforma, no sería parte de una posible transformación que concibió con tintes políticos y no toleró la presión que esto le generaba.  A meses de concluir el período para el que fuera electo, se encontraba en una incertidumbre inédita, en un consciente espejismo de conducir un barco institucional que se dirigía, imparable, por rutas que desconocía y con una tripulación ingobernable, lo que le llevó a presentar su renuncia. 

Pero el CSU no la aceptó y le instruyó retomar el cargo inmediatamente. Esto originó, por cuenta del propio Consejo, un vaivén de decisiones y una de las confrontaciones universitarias más delicadas de la época, que además, encendería el fuego entre conservadores y progresistas que mantendrían una creciente hostilidad, azuzada por las confrontaciones ideológicas que se daban a nivel nacional.

A finales del convulsivo año fue aprobado el Plan de Estudios 1972. La estructura curricular fue modificada sustantivamente, con un enfoque marxista orientado a la vinculación social de la arquitectura, que no cuadraba con la línea dura de los conservadores, que todavía luchaban por subsistir.  

Para consolidar el movimiento se descartaría cualquier fuerza que pudiera interponerse en la transformación. En una cuestionada evaluación docente se logró prescindir de los profesores temporales que no servían a los propósitos de la reestructura. Para 1973, la configuración docente había cambiado totalmente, sólo quedarían unos pocos que manifestaron simpatía por el proceso.  Pero aún quedaban los 17 profesores titulares, la mayoría, con puntos de vista en contra de la ideología de la reestructura.

Durante un frustrado proceso para elegir decano se dieron una serie de manipuleos políticos.  Finalmente, en junio de 1973, el candidato que había sido declarado ganador de las elecciones no sería confirmado debido a que el CSU estableció anomalías en el proceso electoral. Tampoco sería aprobada la propuesta de autogobierno del CRA que buscaba eliminar la figura del decano, aunque se crearía la figura alternativa del Consejo de Facultad, un órgano paritario con el mismo nivel de la Junta Directiva para tratar aspectos académicos. 

Y eso fue todo. Ante las nuevas condiciones el decano renunció en definitiva y la Junta Directiva se desarticuló totalmente. La Facultad se encontraba en el limbo. El CSU nombró una comisión interventora que sería totalmente proclive a la reestructura. Y tal como esperaban los partidarios del CRA, ya no se convocaría a elecciones hasta que hubiera condiciones favorables para el movimiento. 

En poco tiempo se logró desbaratar la poca resistencia que quedaba.  Para marzo de 1974, debido a trámites administrativos inconclusos, se destituiría a un sector de catedráticos titulares, lo que generaría una reacción de repudio de otros titulares, que presentarían su renuncia.  Esto llevaría a fundar la Facultad de Arquitectura en la Universidad Rafael Landívar.  

Entre tanto, se seguía impulsando una revolución total dentro de la Facultad. Sin el Decano conservador, sin los miembros de la Junta Directiva y sin un claustro que hiciera oposición, las posibilidades de accionar se habían fortalecido.  Con esto la represa estaba llena de condiciones favorables, todas las piezas estaban colocadas y los procesos serían desempantanados a conveniencia del CRA. 

Como corolario a esta fase, se lograría integrar un cuerpo de nuevos catedráticos titulares, que apoyarían al único candidato a Decano, proveniente de las filas del CRA. Así las cosas, el Decano interino, se convertiría en el Decano electo en octubre de 1974.  Con este resultado se esperaba consolidar un gobierno facultativo emanado de las entrañas del movimiento, que aseguraría que la transformación siguiera por el derrotero trazado.

Se convocaría a la integración de los organismos paritarios: el Consejo de Facultad, la coordinación académica y los comités de áreas. Pero en corto tiempo se comenzó a hacer visible la falta de coordinación y las luchas entre la Junta Directiva y el Consejo de Facultad. Los conflictos entre ambos organismos, acompañados de señalamientos e intereses, posturas ideológicas y reclamos políticos, estaban siendo el caldo de cultivo para un nuevo ciclo de enfrentamientos que se volvería un hábito en la unidad académica. 

La falta de consensos, las contradicciones, los bloqueos y las inculpaciones llevarían a que, a finales de julio de 1975, renunciara en pleno, el primer Consejo de Facultad y que, en el primer Congreso de Evaluación, resaltaran las diferencias y no se obtuvieran los resultados esperados para la realimentación de la reestructura.

El terremoto de febrero de 1976 ofreció una coyuntura para retomar el proceso. Permitió la integración de toda la Facultad para responder a la tragedia.  Parecía que facilitaría encontrar el camino e integrar esfuerzos por medio del Plan de Integración Académica. Se consideraba una gran oportunidad para experimentar una verdadera transformación, permitir a los profesores y estudiantes un mayor acercamiento con la población y poner en práctica las ideas sobre el papel social de la Universidad. 

Pero el apoyo que la Universidad estaba dando a las comunidades afectadas, así como la visión crítica y de concientización social, llevaría a que sectores contrainsurgentes la etiquetaran como promotora de la lucha revolucionaria. Las denuncias y amenazas relacionadas con el activismo y organización social durante el terremoto harían aflorar las diferencias y temores según las posiciones políticas que se perfilaban al interior de la Facultad.

En este panorama el plan de integración se convirtió en el detonante para una nueva confrontación. Las diferencias sobre la forma de enfrentar la crisis había sido el rebalse para el rompimiento entre el Decano y los principales actores que lo llevaron a ocupar el cargo. Las secuelas y pugnas conducirían a desencadenar una serie de hechos que reducirían la acción impulsora del proceso de reestructura.

1976 dejaría una grieta profunda. No sólo por el sismo, también por la serie de sucesos que sellaron el derrotero académico administrativo de arquitectura.  La percepción de falta de respaldo de la Junta Directiva hacia el Plan de integración hizo que el bloque se sintiera traicionado.  No sólo retiraría su apoyo, también denunciaría al Decano y a algunos miembros de su Junta Directiva.

Seguidamente renunciaría un importante sector de la dirección académica que había perseguido la continuidad del proceso.  Quienes antes habían sido indiscutibles aliados del Decano dejarían el barco como protesta y muestra de su indignación por lo que señalaban como falta de compromiso de esa gestión.

Pero las afrentas no serían olvidadas. Paradójicamente la cuestionable estrategia de la purga, que había sido usada años atrás para deshacerse de quienes no apoyaban el CRA, se replicaría a los ahora antiguos aliados, la mayoría estudiantes de los últimos años que ejercían docencia. 

La complejidad de la problemática facultativa había llegado a un punto en el que no se identificaban caminos viables para continuar con el modelo. Hubo que reconocer que el modelo no evolucionó como se esperaba, aceptar que parte de eso se debía a la falta de experiencia y a la falta de acciones congruentes de las autoridades. A la postre, la percepción era que la anhelada implementación de la reestructuración de Arquitectura no había podido generar la transformación académica y que tampoco había alcanzado el cambio estructural tan defendido en los inicios del proceso. 

Una opción de consenso y recuperación, que buscaría enderezar el rumbo, llegaría a principios de abril de 1979. Con el nuevo Decano, que fue uno de los principales estrategas del CRA, se pretendía corregir las deficiencias sufridas durante el proceso de transformación. Pero llegaba en un momento en que se incrementaba la persecución y el asesinato de líderes estudiantiles, profesionales e intelectuales de los movimientos sociales.

Las acciones violentas como el linchamiento de un supuesto oreja frente a la ciudad Universitaria, los asesinatos y la persecución,  alcanzarían su clímax fatídico el 14 de julio de 1980. Esta fecha fue el punto de quiebre. El terror haría mella. El sacrificio de inocentes no podía continuar y comenzaría un proceso de revisión institucional.

La Universidad estaba herida y exhausta.  El movimiento de izquierda, que había dominado en los últimos años, perdería el control político del CSU. Los pocos líderes que todavía se oponían abiertamente al gobierno saldrían del escenario y se terminaría de socavar la poca resistencia que quedaba. En un panorama de desánimo, la Universidad suspendería su participación en el movimiento social y se deslindaría, totalmente, de la acción política revolucionaria. 

La Facultad de Arquitectura también había sido atacada. Varios de sus integrantes fueron asesinados y muchos amenazados. Las intimidaciones habían alterado la calma y se confinaba la participación fluida de la academia. Algunos coordinadores y docentes renunciaron a sus cargos, varios pidieron permiso, otros más se ausentarían de sus labores. Numerosos estudiantes abandonaron las aulas o cambiarían de Universidad.  La situación de tensión y angustia amplificaba las diferencias y se expresaban nuevos altercados a lo interno. El ambiente de inestabilidad e incertidumbre llevaría al pánico, a la ausencia, a las protestas y a las renuncias.

Para ese momento el Decano de Arquitectura sostenía que era preciso imponer por la fuerza del pueblo, un gobierno revolucionario. Que estaba cercana la posibilidad de derrocar al gobierno militar y que, para revertir la catástrofe total, los universitarios debían salir de las aulas y fundirse con el pueblo organizado y combativo. Haría un último llamado para que se asumiera el compromiso de lucha, pero no tuvo la respuesta que esperaba y dejó la universidad.

La guerra interna se recrudecería en los siguientes años. Las intervenciones de universitarios se darían sin el apoyo institucional y serían igualmente reprimidas. Seguirían los secuestros, los asesinatos y las desapariciones de universitarios.  La Universidad sufriría cambios radicales y se generarían otros enfrentamientos a partir de nuevos modelos de confrontación.

En los inicios de los años 80, la Facultad de Arquitectura había terminado un capítulo que comenzó a principios de los 70. 

50 años después del inicio de este histórico movimiento, corroboramos que, indiscutiblemente, el CRA llevó a la transformación de la Facultad de Arquitectura. Una Escuela que ha seguido evolucionando y adaptándose a distintas realidades y que mantiene principios impulsados durante ese período totalmente coherentes con los fines de la Universidad Nacional.

Entre tanto, en la distopía de un mundo pos pandémico, que padece las repercusiones de una guerra que ha desdibujado el mapa geopolítico y que amenaza con una escalada bélica entre el agobio de caóticas realidades; en el que se mantienen de manera creciente múltiples problemas socio económicos y una crisis climática con severos impactos en el planeta;

seguimos viendo que en Guatemala se intensifican los problemas de pobreza, de vivienda, de falta de planificación y de desorden urbano que se plantearon hace medio siglo en los diagnósticos del CRA. 

Y en ese devenir nos vemos inmersos en una universidad afectada por problemas políticos, administrativos y académicos, que han trastocado las fibras de la institución ante la transgresión de sus fundamentos legales y éticos, de una manera que no corresponde con los valores que, a través de la historia, se han ido construyendo.

Estamos ante un régimen universitario deslegitimado e impuesto con acciones inéditas e irreflexivas, que ha afectado y ensombrecido a los universitarios y nos condena a una incertidumbre institucional.

Ante esta deleznable realidad, nos seguimos cuestionando, ¿hacia dónde va nuestra Universidad, hacia dónde va Guatemala?

Muchas gracias

Byron Rabe

 

Guatemala, Auditorio Luis Cardoza y Aragón, Embajada de México,

26 de octubre de 2022

 


 


miércoles, 12 de enero de 2022

ETICA PARA AMADOR, de Fernando Savater (resumen)

Introducción

Por Byron Rabe

 

El autor trata de simplificar un panorama complejo lleno de contradicciones y ambigüedades, que en suma lo que persiguen es que el lector piense que en el tema de la ética y ejerza su capacidad de elegir de acuerdo con sus propias creencias.   Con un leguaje simple dirigido a adolescentes presenta una serie de criterios que orientan el accionar ético tratando de diferenciarlo de lo propiamente moral, aunque es evidente que no logra desligarse de esto porque ética y moral están intrínsecamente relacionadas. 

Se refiere a las cosas que nos convienen, a las que solemos llamarles buenas y a las que nos sientan mal que tildamos de malas.   Esto constituye un criterio, de que es bueno aquello que me beneficia, siempre y cuando no haga mal a los demás. 

Savater considera que el hombre a diferencia de los animales es un ser racional al que se le da la opción de elegir y por lo tanto de equivocarse.  Sin embargo, hace énfasis en que no somos libres de elegir lo que nos pasa sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo, así como, que el ser libres para intentar algo no necesariamente significa que vayamos a lograrlo, pero vale la pena escoger nuestro propio camino.

A veces son las circunstancias las que nos obligan a elegir y la decisión a tomar puede deberse a diferentes criterios, generalmente relacionados con nuestros propios valores y cultura, pero también a las motivaciones como las órdenes, que pueden convertirse en un escudo para protegernos de decisiones en las que siempre tendremos responsabilidad, o las costumbres que no necesariamente son correctas o bien los simples caprichos.  Al final sólo yo soy el responsable de mis acciones y nadie puede dispensarme de elegir y afrontar las consecuencias de mi elección.  En cualquier caso las consecuencias de cada decisión deben ser evaluadas detenidamente, lo que no es necesariamente ético, ya que nuestras acciones deben obedecer más a principios, que al temor a las consecuencias.  En este caso estaremos actuando más por criterios morales o legales, que por la ética personal.

Una diferencia sustancial con los criterios tradicionales de la ética fundamentada en la religión es que Savater plantea como parte del desarrollo humano tener la capacidad de darse la buena vida, de cumplir con las aspiraciones personales, de escoger el propio camino, de disfrutar del cuerpo y del medio, de atreverse a ser feliz.   El egoísmo puede ser bueno si está en función del desarrollo del ego, del logro propio; si no es concebido en los términos tradicionales de mezquindad y aislamiento.  De cualquier manera, es claro que el ser humano necesita estar bien consigo mismo para poder estar bien con los demás.

Otro aspecto es que las cosas que tenemos también nos tienen a nosotros.  De las cosas sólo pueden sacarse cosas.  Y si bien lo material puede darnos una buena vida sólo la interrelación humana puede darnos lo que realmente importa, podemos tener mucho y no lograr la felicidad por la soledad en que nos encontramos.  No necesitamos apoyarnos en cosas de afuera, que no tienen nada que ver con lo que realmente somos y necesitamos.  El accionar ético es una actitud, un principio de vida.  

El criterio que manifiesta el autor de hacer lo que se quiera no se refiere a hacer lo que se me da la gana sin considerar los efectos que nuestras acciones puedan tener ante los demás.  Hacer lo que se quiere significa escoger nuestro propio camino, tener presentes nuestros deseos con el objetivo de ser felices, pero considerando la situación de los demás.  Lo que a la larga puede significar fortalecer esa misma felicidad.  Esto, de nuevo, dependerá de los valores propios y del contexto en que cada ser humano se haya desarrollado. 

A muchas personas esos planteamientos pueden ofenderles por que su contexto y oportunidades les han sido totalmente desfavorable y sus valores pueden responder a esos mismos escenarios por lo que sus valores pueden ser muy diferentes.  Lo que yo necesito, o lo que es bueno para mi no necesariamente es bueno para otros.  Por ejemplo es común que algunos hagan daño a otros o cometan evidentes delitos, pero no los entiendan de esa manera.  Estas personas pueden justificarse y defender su actuar en función de su propia circunstancia o necesidad de sobrevivencia, además debe considerarse que puede ser que esta conducta sea la única que conozcan.

Al estilo de Gardner, podríamos hablar de una inteligencia ética, esa capacidad que traen ciertas personas para actuar en correspondencia con los valores que favorecen la convivencia, la paz y el desarrollo integral, de ser congruentes con las necesidades generales, y de enfocarse hacia el bien común.  

También podríamos hablar de procesos basados en experiencias y vivencias, de haber superado obstáculos, de haber transitado por los distintos niveles de satisfacción, explicados en la famosa pirámide de Maslow, en la que en cada nivel la valoración de los criterios éticos podría variar, según las necesidades, el contexto y las experiencias.

La carga de nuestras decisiones es sólo nuestra.  La incidencia de los valores morales y religiosos no definen totalmente nuestro accionar, cada uno decide el camino a seguir y no puede responsabilizar a nadie más. 

A continuación  comparto un resumen sobre lo que consideré más relevante de esta obra de gran valor para iniciar el estudio sobre el tema.


RESUMEN

 

1. De qué va la ética

Entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos convienen y otras no si queremos seguir viviendo. De modo que a lo que nos conviene solemos llamarlo «bueno» porque nos sienta bien; otras, en cambio, nos sientan mal y a eso lo llamamos «malo». Saber lo que nos conviene, es decir: distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir.

En lo único que a primera vista todos estamos de acuerdo es en que no estamos de acuerdo con todos.

Libertad. Los animales no tienen más remedio que ser tal como son y hacer lo que están programados naturalmente para hacer. No se les puede reprochar que lo hagan ni aplaudirles por ello porque no saben comportarse de otro modo. En cierta medida, los hombres también estamos programados por la naturaleza. Por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres siempre podemos optar finalmente por algo que no esté en el programa. Podemos decir «sí» o «no», quiero o no quiero.

Es cierto que no estamos obligados a querer hacer una sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaraciones respecto a la libertad: Primera: No somos libres de elegir lo que nos pasa sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo. Segunda: Ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente. No es lo mismo la libertad (que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposible). Por ello, cuanta más capacidad de acción tengamos, mejores resultados podremos obtener de nuestra libertad.

Uno puede considerar que optar libremente por ciertas cosas en ciertas circunstancias es muy difícil y que es mejor decir que no hay libertad para no reconocer que libremente se prefiere lo más fácil.  De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman ética.

 

2. Ordenes, costumbres y caprichos

No siempre está claro qué cosas son las que nos convienen. Aunque no podamos elegir lo que nos pasa, podemos en cambio elegir lo que hacer frente a lo que nos pasa. Cuando vamos a hacer algo, lo hacemos porque preferimos hacer eso a hacer otra cosa, o porque preferimos hacerlo a no hacerlo.

Por lo general, uno no se pasa la vida dando vueltas a lo que nos conviene o no nos conviene hacer. Si vamos a ser sinceros, tendremos que reconocer que la mayoría de nuestros actos los hacemos casi automáticamente, sin darle demasiadas vueltas al asunto has actuado de manera casi instintiva, sin plantearte muchos problemas. En el fondo resulta lo más cómodo y lo más eficaz. A veces darle demasiadas vueltas a lo que uno va a hacer nos paraliza.

Motivo: es la razón que tienes o al menos crees tener para hacer algo, la explicación más aceptable de tu conducta cuando reflexionas un poco sobre ella. En una palabra: la mejor respuesta que se te ocurre a la pregunta «¿por qué hago eso?». Pues bien, uno de los tipos de motivación que reconoces es el de que yo te mando que hagas tal o cual cosa. A estos motivos les llamaremos órdenes. En otras ocasiones el motivo es que sueles hacer siempre ese mismo gesto y ya lo repites casi sin pensar, o también el ver que a tu alrededor todo el mundo se comporta así habitualmente: llamaremos costumbres a este juego de motivos. En otros casos el motivo parece ser la ausencia de motivo, el que te apetece sin más, la pura gana. ¿Estás de acuerdo en que llamemos caprichos al por qué de estos comportamientos?

Cada uno de esos motivos inclina tu conducta en una dirección u otra, explica más o menos tu preferencia por hacer lo que haces frente a las otras muchas cosas que podrías hacer.  Las órdenes, por ejemplo, sacan su fuerza, en parte, del miedo que puedes tener a las represalias. Las costumbres, en cambio, vienen más bien de la comodidad de seguir la rutina en ciertas ocasiones y también de tu interés de no contrariar a los otros, es decir de la presión de los demás.  Las órdenes y las costumbres tienen una cosa en común: parece que vienen de fuera, que se te imponen sin pedirte permiso. En cambio, los caprichos te salen de dentro, brotan espontáneamente sin que nadie te los mande ni creas imitar.

 

3. Haz lo que quieras

La mayoría de las cosas las hacemos porque nos las mandan, porque se acostumbra a hacerlas así, porque son un medio para conseguir lo que queremos o sencillamente porque nos da la ventolera o el capricho de hacerlas, así, sin más ni más. Esto tiene que ver con la cuestión de la libertad, que es el asunto del que se ocupa propiamente la ética Libertad es poder decir «sí» o «no»; lo hago o no lo hago, digan lo que digan; esto me conviene y lo quiero, aquello no me conviene y por tanto no lo quiero.  Libertad es decidir, pero también,  darte cuenta de que estás decidiendo. Lo más opuesto a dejarse llevar, como podrás comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio que intentar pensar al menos dos veces lo que vas a hacer. La primera vez que piensas el motivo de tu acción la respuesta a la pregunta «¿por qué hago esto?» lo hago por que me lo mandan, porque es costumbre hacerlo, porque me da la gana. Pero si lo piensas por segunda vez, la cosa ya varía. Esto lo hago porque me lo mandan, pero... ¿por qué obedezco lo que me mandan? ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un premio?, ¿no estoy entonces como esclavizado por quien me manda? Si obedezco porque quien da las órdenes sabe más que yo, ¿no sería aconsejable que procurara informarme lo suficiente para decidir por mí mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me parecen convenientes, como cuando le ordenaron al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de concentración? ¿Acaso no puede ser algo «malo» --es decir, no conveniente para mí-- por mucho que me lo manden, o «bueno» y conveniente aunque nadie me lo ordene?

Lo mismo sucede respecto a las costumbres. Si no pienso lo que hago más que una vez, quizá me baste la respuesta de que actúo así «porque es costumbre». Y cuando me interrogo por segunda vez sobre mis caprichos, el resultado es parecido. Muchas veces tengo ganas de hacer cosas que en seguida se vuelven contra mí, de las que me arrepiento luego. En asuntos sin importancia el capricho puede ser aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias dejarme llevar por él, sin reflexionar si se trata de un capricho conveniente o inconveniente, puede resultar muy poco aconsejable, hasta peligroso.

Nadie puede ser libre en mi lugar, es decir: nadie puede dispensarme de elegir y de buscar por mí mismo.

No habrá más remedio, para ser hombres y no borregos que pensar dos veces lo que hacemos. Y si me apuras, hasta tres y cuatro veces en ocasiones señaladas.

La palabra «moral» etimológicamente tiene que ver con las costumbres, pues eso precisamente es lo que significa la voz latina: mores, y también con las órdenes, pues la mayoría de los preceptos morales suenan así como «debes hacer tal cosa» o «ni se te ocurra hacer tal otra». Sin embargo, hay costumbres órdenes que pueden ser malas, o sea «inmorales», por muy ordenadas y acostumbradas que se nos presenten. Si queremos profundizar en la moral de verdad, si queremos aprender en serio cómo emplear bien la libertad que tenemos, más vale dejarse de órdenes, costumbres y caprichos. Lo primero que hay que dejar claro es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos ni los premios repartidos por la autoridad que sea, autoridad humana o divina, para el caso es igual. El que no hace más que huir del castigo y buscar la recompensa que dispensan otros, según normas establecidas por ellos, no es mejor que un pobre esclavo.

«Moral» es el conjunto de comportamientos y normas que tú, yo y algunos de quienes nos rodean solemos aceptar como válidos; «ética» es la reflexión sobre por qué los consideramos válidos y la comparación con otras «morales»que tienen personas diferentes.

 

4. Date la buena vida

No le preguntes a nadie qué es lo que debes hacer con tu vida: Pregúntatelo a ti mismo. Si deseas saber en qué puedes emplear mejor tu libertad, no la pierdas poniéndote ya desde el principio al servicio de otro o de otros, por buenos, sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de tu libertad... a la libertad misma.

«Haz lo que quieras» no es más que una forma de decirte que te tomes en serio el problema de tu libertad, lo de que nadie puede dispensarte de la responsabilidad creadora de escoger tu camino.  Una cosa es que hagas «lo que quieras» y otra bien distinta que hagas «lo primero que te venga en gana». Si te digo que hagas lo que quieras, lo primero que parece oportuno hacer es que pienses con detenimiento y a fondo qué es lo que quieres.

Muy pocas cosas conservan su gracia en la soledad; y si la soledad es completa y definitiva, todas las cosas se amargan irremediablemente. La buena vida humana es buena vida entre seres humanos o de lo contrario puede que ser vida pero no será ni buena ni humana.  El hombre no es solamente una realidad natural sino también una realidad cultural. No hay humanidad sin aprendizaje cultural y para empezar sin la base de toda cultura, el lenguaje.  Pero nadie puede aprender a hablar por sí solo porque el lenguaje no es una función natural y biológica del hombre sino una creación cultural que heredamos y aprendemos de otros hombres.

Por eso hablar a alguien y escucharle es tratarle como a una persona, por lo menos empezar a darle un trato humano. Es sólo un primer paso, desde luego, porque la cultura dentro de la cual nos humanizamos unos a otros parte del lenguaje pero no es simplemente lenguaje. Hay otras formas de demostrar que nos reconocemos como humanos, es decir, estilos de respeto y de miramientos humanizadores que tenemos unos para con otros. Todos queremos que se nos trate así y si no, protestamos. Lo más importante de todo esto: la humanización es un proceso recíproco . Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco. Por eso darse la buena vida no puede ser algo muy distinto a fin de cuentas de dar la buena vida.

 

5. ¡Despierta, baby!

La vida  es complejidad y casi siempre complicaciones. La verdad es que las cosas que tenemos nos tienen ellas también a nosotros en contrapartida: lo que poseemos nos posee.

Cuando tratamos a los demás como cosas, lo que recibimos de ellos son también cosas: al estrujarlos sueltan dinero, nos sirven, salen, entran, se frotan contra nosotros o sonríen cuando apretamos el debido botón... Pero de este modo nunca nos darán esos dones más sutiles que sólo las personas pueden dar. No conseguiremos así ni amistad, ni respeto, ni mucho menos amor. Ninguna cosa puede brindarnos esa amistad, respeto, amor... en resumen, esa complicidad fundamental que sólo se da entre iguales y que a ti o a mí que somos personas, no nos pueden ofrecer más que otras personas a las que tratemos como a tales. Lo del trato es importante, porque ya hemos dicho que los humanos nos humanizamos unos a otros.

Al no convertir a los otros en cosas defendemos por lo menos nuestro derecho a no ser cosas para los otros. A las cosas hay que manejarlas como a cosas y a las personas hay que tratarlas como personas: de este modo las cosas nos ayudarán en muchos aspectos y las personas en uno fundamental, que ninguna cosa puede suplir, el de ser humanos.

Se puede ser listo para los negocios o para la política y un solemne borrico para cosas más serias como lo de vivir bien o no.  Te repito una palabra que me parece crucial papa este asunto: atención. No me refiero a la atención del búho, sino a la disposición a reflexionar sobre lo que se hace y a intentar precisar lo mejor posible el sentido de esa «buena vida» que queremos vivir. Yo creo que la primera e indispensable condición ética es la de estar decididos a vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual aunque antes o después vayamos a morirnos. Cuando se habla de «moral» la gente suele referirse a esas órdenes y costumbres que suelen respetarse por lo menos aparentemente y a veces sin saber muy bien por qué. Pero quizá el verdadero intríngulis no esté en someterse a un código o en llevar la contraria a lo establecido sino en intentar comprender, por qué ciertos comportamientos nos convienen y otros no, comprender de qué va la vida y qué es lo que puede hacerla «buena» para nosotros los humanos. Ante todo, nada de contentarse con ser tenido por bueno, con quedar bien ante los demás, con que nos den aprobado. Pero el esfuerzo de tomar la decisión tiene que hacerlo cada cual en solitario: nadie puede ser libre por ti.

 

6. Aparece pepito grillo

¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. La palabra «imbécil» es más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín baculus que significa «bastón»: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:
a) El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.
b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.
c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.
d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado.
e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo.
Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias.

Conclusión: ¡alerta! ¡en guardia!, ¡la imbecilidad acecha y no perdona!

Lo contrario de ser moralmente imbécil es tener conciencia. Pero la conciencia no es algo que le toque a uno en una tómbola ni que nos caiga del cielo. Por supuesto, hay que reconocer que ciertas personas tienen desde pequeñas mejor «oído» ético que otras y un «buen gusto» moral espontáneo, pero este, «oído» y ese «buen gusto» pueden afirmarse y desarrollarse con la práctica

Admito que para lograr tener conciencia hacen falta algunas cualidades innatas, como para apreciar la música o disfrutar con el arte. Y supongo que también serán favorables ciertos requisitos sociales y económicos pues a quien se ha visto desde la cuna privado de lo humanamente más necesario es difícil exigirle la misma facilidad para comprender lo de la buena vida que a los que tuvieron mejor suerte. Si nadie te trata como humano, no es raro que vayas a lo bestia... Pero una vez concedido ese mínimo, creo que el resto depende de la atención y esfuerzo de cada cual. La conciencia que nos curará de la imbecilidad moral presenta los siguientes rasgos:
a) Saber que no todo da igual porque queremos realmente vivir y además vivir bien, humanamente bien. b) Estar dispuestos a fijarnos en si lo que hacemos corresponde a lo que de veras queremos o no. c) A base de práctica, ir desarrollando el buen gusto moral de tal modo que haya ciertas cosas que nos repugne espontáneamente hacer. d) Renunciar a buscar coartadas que disimulen que somos libres y por tanto razonablemente responsables de las consecuencias de nuestros actos.

Sólo deberíamos llamar egoísta consecuente al que sabe de verdad lo que le conviene para vivir bien y se esfuerza por conseguirlo. El que se harta de todo lo que le sienta mal (odio, caprichos criminales, lentejas compradas a precio de lágrimas, etc.) en el fondo quisiera ser egoísta pero no sabe. Pertenece al gremio de los imbéciles y habría que recetarle un poco de conciencia para que se amase mejor a sí mismo. Palabras como «culpa» o «responsable». Suenan a lo que habitualmente se relaciona con la conciencia.

Y es que, al actuar mal y darnos cuenta de ello comprendemos que ya estamos siendo castigados, que nos hemos estropeado a nosotros mismos voluntariamente. No hay peor castigo que darse cuenta de que uno está boicoteando con sus actos lo que en realidad quiere ser...

¿Que de dónde vienen los remordimientos? Para mí está muy claro: de nuestra libertad. Si no fuésemos libres, no podríamos sentirnos culpables (ni orgullosos, claro) de nada y evitaríamos los remordimientos. Por eso cuando sabemos que hemos hecho algo vergonzoso procuramos asegurar que no tuvimos otro remedio que obrar así, que no pudimos elegir: «yo cumplí órdenes de mis superiores», «vi que todo el mundo hacía lo mismo», «perdí la cabeza», «es más fuerte que yo», «no me di cuenta de lo que hacía», etcétera.

De modo que lo que llamamos «remordimiento» no es más que el descontento que sentimos con nosotros mismos cuando hemos empleado mal la libertad, es decir, cuando la hemos utilizado en contradicción con lo que de veras queremos como seres humanos. Ser responsable es saberse auténticamente libre, para bien y para mal.  Responsabilidad es saber que cada uno de mis actos me va construyendo, me va definiendo, me va inventando. Al elegir lo que quiero hacer voy transformándome poco a poco. Todas mis decisiones dejan huella en mí mismo antes de dejarla en el mundo que me rodea.

 

7. Ponte en su lugar

Lo que a la ética le interesa, lo que constituye su especialidad, es cómo vivir bien la vida humana, la vida que transcurre entre humanos.

Ya que el vínculo de respeto y amistad con los otros humanos es lo más precioso del mundo para mí, que también lo soy, cuando me las vea con ellos debo tener principal interés en resguardarlo y hasta mimarlo, si me apuras un poco. Pero tenía bastante claras dos cosas que me parecen muy importantes:

Primera: que quien roba, miente, traiciona, viola, mata o abusa de cualquier modo de uno no por ello deja de ser humano.  Y quien «ha llegado» a ser algo detestable como sigue siendo humano aún puede volver a transformarse de nuevo en lo más conveniente para nosotros, lo más imprescindible...

Segunda: Una de las características principales de todos los humanos es nuestra capacidad de imitación. La mayor parte de nuestro comportamiento y de nuestros gustos la copiamos de los demás. Por eso somos tan educables y vamos aprendiendo sin cesar los logros que conquistaron otras personas en tiempos pasados o latitudes remotas. En todo lo que llamamos « civilización», «cultura», etc., hay un poco de invención y muchísimo de imitación. Si no fuésemos tan copiones, constantemente cada hombre debería empezarlo todo desde cero.

Ahora bien: si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá de ser malo. El que colabora en la desdicha ajena o no hace nada para ponerle remedio... se la está buscando. tratar a los semejantes como enemigos (o como víctimas) puede parecer ventajoso.

¿en qué consiste tratar a las personas como a personas, es decir, humanamente? Respuesta: consiste en que intentes ponerte en su lugar. Reconocer a alguien como semejante implica sobre todo la posibilidad de comprenderle desde dentro, de adoptar por un momento su propio punto de vista.  Ponerse en el lugar de otro es algo más que el comienzo de toda comunicación simbólica con él: se trata de tomar en cuenta sus derechos. Y cuando los derechos faltan, hay que comprender sus razones.

Lo mismo que nadie puede ser libre en tu lugar, también es cierto que nadie puede ser justo por ti si tú no te das cuenta de que debes serlo para vivir bien. Para entender del todo lo que el otro puede esperar de ti no hay más remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle sólo porque también es humano... y ese pequeño pero importantísimo amor ninguna ley instituida puede imponerlo. Quien vive bien debe ser capaz de una justicia simpática, o de una compasión justa.

 

8. Tanto Gusto

Cuando la gente habla de «moral» y sobre todo de «inmoralidad», el ochenta por ciento de las veces el sermón trata de algo referente al sexo.  El que de veras esta «malo» es quien cree que hay algo de malo en disfrutar... No sólo es que «tenemos» en cuerpo, como suele decirse (casi con resignación), sino que somos un cuerpo, sin cuya satisfacción y bienestar no hay vida buena que valga. El que se avergüenza de las capacidades gozosas de su cuerpo es tan bobo como el que se avergüenza de haberse aprendido la tabla de multiplicar.

Todo puede llegar a sentar mal o servir para hacer el mal, pero nada es malo sólo por el hecho de que le dé gusto hacerlo. A los calumniadores profesionales del placer se les llama «puritanos». El puritano cree que cuando uno vive bien tiene que pasarlo mal y que cuando uno lo pasa mal es porque está viviendo bien. Por supuesto, los puritanos se consideran la gente más «moral» del mundo y además guardianes de la moralidad de sus vecinos.

La diferencia entre el «uso» y el «abuso» es precisamente ésa: cuando usas un placer, enriqueces tu vida y no sólo el placer sino que la vida misma te gusta cada vez más; es señal de que estás abusando el notar que el placer te va empobreciendo la vida y que ya no te interesa la vida sino sólo ese particular placer. O sea que el placer ya no es un ingrediente agradable de la plenitud de la vida, sino un refugio para escapar de la vida, para esconderte de ella y calumniarla mejor...

Todo cuanto lleva a la alegría tiene justificación (al menos desde un punto de vista, aunque no sea absoluto) y todo lo que nos aleja sin remedio de la alegría es un camino equivocado.  Quien tiene alegría ya ha recibido el premio máximo y no echa de menos nada; quien no tiene alegría --por sabio guapo, sano, rico poderoso, santo, etc., que sea-- es un miserable que carece de lo más importante. Pues bien, escucha: el placer es estupendo y deseable cuando sabemos ponerlo al servicio de la alegría, pero no cuando la enturbia o la compromete. El límite negativo del placer no es el dolor, ni siquiera la muerte, sino la alegría: en cuanto empezamos a perderla por determinado deleite, seguro que estamos disfrutando con lo que no nos conviene.

Al arte de poner el placer al servicio de la alegría es decir, a la virtud que sabe no ir a caer del gusto en el disgusto, se le suele llamar desde tiempos antiguos templanza. la templanza es amistad inteligente con lo que nos hace disfrutar. A quien te diga que los placeres son «egoístas» porque siempre hay alguien sufriendo mientras tú gozas, le respondes que es bueno ayudar al otro en lo posible a dejar de sufrir, pero que es malsano sentir remordimientos por no estar en ese momento sufriendo también o por estar disfrutando como el otro quisiera poder disfrutar.

 

9. Elecciones Generales

Para lo único que sirve la ética es para intentar mejorarse a uno mismo, no para reprender elocuentemente al vecino; y lo único seguro que sabe la ética es que el vecino, tú, yo y los demás estamos todos hechos artesanalmente, de uno en uno, con amorosa diferencia.

Las sociedades igualitarias, es decir, democráticas, son muy poco caritativas con quienes escapan a la media por encima o por abajo: al que sobresale, apetece apedrearle, al que se va al fondo, se le pisa sin remordimiento. Por otra parte, los políticos suelen estar dispuestos a hacer más promesas de las que sabrían o querrían cumplir.  Su clientela se lo exige (quien no exagera las posibilidades del futuro ante sus electores y no hace mayor énfasis en las dificultades que en las ilusiones, pronto se queda solo.

La ética es el arte de elegir lo que más nos conviene y vivir lo mejor posible; el objetivo de la política es el de organizar lo mejor posible la convivencia social, de modo que cada cual pueda elegir lo que le conviene. Como nadie vive aislado, cualquiera que tenga la preocupación ética de vivir bien no puede desentenderse olímpicamente de la política.

Sin embargo, tampoco faltan las diferencias importantes entre ética y política. Para empezar, la ética se ocupa de lo que uno mismo (tú, yo o cualquiera) hace con su libertad, mientras que la política intenta coordinar de la manera más provechosa para el conjunto lo que muchos hacen con sus libertades. En la ética, lo importante es querer bien, porque no se trata más que de lo que cada cual hace porque quiere. Para la política, en cambio, lo que cuentan son los resultados de las acciones, que se haga.  El político intentará presionar con los medios a su alcance --incluida la fuerza-- para obtener ciertos resultados y evitar otros.

Desde un punto de vista ético, es decir, desde la perspectiva de lo que conviene para la vida buena, ¿cómo será la organización política preferible, aquella que hay que esforzarse por conseguir y defender? Si repasas un poco lo que hemos venido diciendo hasta aquí ciertos aspectos de ese ideal se te ocurrirán en cuanto reflexiones con atención sobre el asunto:

a) Como todo el proyecto ético parte de la libertad, sin la cual no hay vida buena que valga, el sistema político deseable tendrá que respetar al máximo las facetas públicas de la libertad humana: la libertad de reunirse o de separarse de otros, la de expresar las opiniones y la de inventar belleza o ciencia, la de trabajar de acuerdo con la propia vocación o interés, la de intervenir en los asuntos públicos, la de trasladarse o instalarse en un lugar, la libertad de elegir los propios goces de cuerpo y de alma, etc. Abstenerse dictaduras, sobre todo las que son «por nuestro bien». Nuestro mayor bien es ser libres.

b) Principio básico de la vida buena, es decir: ser capaces de ponernos en el lugar de nuestros semejantes y de relativizar nuestros intereses para armonizarlos con los suyos. Si prefieres decirlo de otro modo, se trata de aprender a considerar los intereses del otro como si fuesen tuyos y los tuyos como si fuesen de otro. A esta virtud se le llama justicia y no puede haber régimen político decente que no pretenda, por medio de leyes e instituciones, fomentar la justicia entre los miembros de la sociedad. La única razón para limitar la libertad de los individuos cuando sea indispensable hacerlo es impedir, incluso por la fuerza si no hubiera otra manera, que traten a sus semejantes como si no lo fueran, o sea que los traten como a juguetes, a bestias de carga, a simples herramientas, a seres inferiores, etc. A la condición que puede exigir cada humano de ser tratado como semejante a los demás, sea cual fuere su sexo, color de piel ideas o gustos, etc., se le llama dignidad.

c) La experiencia de la vida nos revela en carne propia, incluso a los más afortunados, la realidad del sufrimiento. Tomarse al otro en serio, poniéndonos en su lugar, consiste no sólo en reconocer su dignidad de semejante sino también en simpatizar con sus dolores, con las desdichas que por error propio, accidente fortuito o necesidad biológica le afligen, como antes o después pueden afligirnos a todos. Una comunidad política deseable tiene que garantizar dentro de lo posible la asistencia comunitaria a los que sufren y la ayuda a los que por cualquier razón menos pueden ayudarse a sí mismos. Lo difícil es lograr que esta asistencia no se haga a costa de la libertad y la dignidad de la persona. Quien desee la vida buena para sí mismo, de acuerdo al proyecto ético, tiene también que desear que la comunidad política de los hombres se base en la libertad, la justicia y la asistencia.

La diversidad de formas de vida es algo esencial (¡imagínate qué aburrimiento si faltase!) pero siempre que haya unas pautas mínimas de tolerancia entre ellas y que ciertas cuestiones reúnan los esfuerzos de todos. Si no, lo que conseguiremos es una diversidad de crímenes y no de culturas.

 

Epílogo

Savater se queda con la pregunta acerca de cómo vivir mejor y dice:

A lo largo de todos los capítulos anteriores he intentado no tanto contestarla como ayudarte a comprenderla más a fondo. En cuanto a la respuesta, me temo que no vas a tener más remedio que buscártela personalmente. Y eso por tres razones:

 

a) Por la propia incompetencia de tu improvisado maestro, o sea yo. ¿Cómo voy yo a enseñar a vivir bien a nadie si sólo acierto a vivir regular y gracias? Me siento como un calvo anunciando un crecepelo insuperable...

b) Porque vivir no es una ciencia exacta, como las matemáticas, sino un arte, como la música. De la música se pueden aprender ciertas reglas y se puede escuchar lo que han creado grandes compositores, pero si no tienes oído, ni ritmo, ni voz, de poco va a servirte todo eso. Con el arte de vivir pasa lo mismo: lo que puede enseñarse le viene muy bien a quien tiene condiciones, pero al que no, estas cosas le aburren o le lían aún más de lo que está.

c) La buena vida no es algo general, fabricado en serie, sino que sólo existe a la medida. Cada cual debe ir inventándosela de acuerdo con su individualidad, única, irrepetible... y frágil. En lo de vivir bien, la sabiduría o el ejemplo de los demás pueden ayudarnos pero no sustituirnos...

 

Savater, Fernando. Ética para Amador. Barcelona: Editorial Ariel, S.A.,  1993.